Embarazo, posparto, infertilidad, menopausia, jubilación, migrar, una enfermedad o cuidar a alguien: momentos que cambian la vida. Atocha, Delicias y online.
Psicólogas y psicólogos colegiados (COP Madrid) · Centros sanitarios autorizados · 5,0 en Google con 59 reseñas · Madrid · Atocha y Delicias · También online
Aquí no hay un diagnóstico. Hay un momento de la vida que lo cambia todo y que nadie te enseñó a atravesar: un embarazo que da más miedo que ilusión, los primeros meses con un bebé, la espera que no termina, el cuerpo que cambia, el trabajo que se acaba, un país nuevo, una enfermedad que ha venido para quedarse o alguien que depende de ti. Son situaciones normales y, a la vez, pueden desbordar a cualquiera. La duda que suele traer la gente es si tiene derecho a pedir ayuda por "algo que le pasa a todo el mundo".
Sí. Que sea frecuente no lo hace fácil. Trabajamos con lo que está pasando ahora y con lo que ese momento remueve de tu historia, de tus vínculos y de la idea que tenías de tu vida, y usamos la relación con tu terapeuta como un sitio estable mientras todo lo demás se mueve. No hay recetas para atravesar una etapa; hay alguien que la piensa contigo.
En Creciendo atendemos estos motivos en nuestros centros de Atocha y Delicias y también online. Si quieres saber quién te atendería, mira el equipo.
Se supone que tendrías que estar feliz y lo que sientes es miedo. A que algo salga mal, a la ecografía de la semana que viene, al parto, a no saber cuidar. Buscas síntomas por la noche, cuentas movimientos, no consigues dormir aunque el cuerpo lo pida. O te pasa algo que no se dice: no te sientes conectada con el embarazo y te preguntas qué clase de madre serás.
Consultar tiene sentido cuando el miedo ocupa más que la espera, cuando llevas semanas sin descansar o cuando te das cuenta de que no lo cuentas para no preocupar. También si hubo pérdidas anteriores o un embarazo difícil que este está reavivando.
No damos consejos médicos; para eso están tu matrona y tu ginecóloga. Lo nuestro es lo otro: qué remueve el embarazo de tu propia historia, de la relación con tu madre, de la pareja, del cuerpo. Y ofrecerte un sitio semanal donde el miedo se pueda decir entero, sin que nadie te conteste que es normal y ya está.
Puedes venir de ocho semanas o de treinta y ocho; el momento bueno es cuando lo necesitas.
Tienes al bebé en brazos y lloras sin saber por qué. O no sientes nada, y eso da más miedo que llorar. Todo el mundo te felicita y tú cuentas las horas hasta que alguien te lo coja. Dormir es imposible aunque el bebé duerma, aparecen pensamientos que te asustan y la culpa por tenerlos. Puede que lleves así desde el parto o que haya empezado meses después.
Que te pase esto no quiere decir que no quieras a tu bebé. Quiere decir que estás agotada, sola con una tarea inmensa y, muchas veces, con un cuerpo y una identidad que acaban de cambiar de golpe. Consulta cuando lleves semanas así, cuando te cueste cuidarte o cuidarle, o cuando los pensamientos te den miedo. Si hay riesgo inmediato para ti o para otra persona, llama al 024 (atención a la conducta suicida, 24 horas) o al 112.
Trabajamos contigo, con el bebé en la sesión si no tienes con quién dejarlo, y con la pareja cuando ayuda. Miramos lo que estás viviendo y lo que este cambio remueve de tu propia historia, de cómo te cuidaron a ti. Si hace falta, nos coordinamos con tu médico o psiquiatra.
Escríbenos aunque solo puedas hacerlo a las tres de la mañana; te respondemos cuando abramos.
Cada mes empieza con esperanza y termina en el baño, mirando un test. Las amigas anuncian embarazos y tú sonríes y luego lloras en el coche. Si estáis en tratamiento, la vida gira alrededor de citas, análisis y esperas que se hacen eternas. Y en la pareja empieza a haber un tema del que ya no se habla porque duele demasiado.
Merece la pena consultar cuando la espera te ha ido dejando sin nada más: sin ganas, sin sexo que no sea programado, sin amistades que no duelan. O cuando os dais cuenta de que cada uno lo lleva de una forma tan distinta que os está separando.
No opinamos sobre tratamientos ni plazos; eso es de tu equipo médico. Trabajamos con lo que la infertilidad hace por dentro: la sensación de fallo, la envidia que avergüenza, los duelos pequeños de cada ciclo, la decisión de seguir o parar que nadie puede tomar por ti. Se puede venir a solas o en pareja. Si lo que estáis viviendo es el proceso de reproducción asistida en concreto, lo tratamos también en familia y parentalidad.
Cuéntanos en qué punto de la espera estás. Es suficiente para una primera sesión.
Sofocos que te despiertan, un cansancio nuevo, cambios de humor que no reconoces como tuyos, la sensación de que el cuerpo se ha vuelto un extraño. Y, debajo, cosas de las que se habla menos: la tristeza por lo que se cierra, la idea de que ya no te miran, un deseo que cambia, el vértigo de una etapa para la que nadie te preparó. A veces coincide con los hijos que se van o con padres que empiezan a necesitarte.
Consultar tiene sentido cuando el ánimo lleva semanas bajo, cuando la irritabilidad te está costando relaciones o cuando notas que esta etapa ha destapado preguntas sobre tu vida que no sabes por dónde coger.
La parte física la revisas con tu médico. Con nosotros trabajas la otra: qué significa para ti este cambio, qué has hecho con las etapas anteriores, qué lugar ocupas ahora en tu casa y en tu propia mirada. Sin tratarlo como una crisis que hay que pasar deprisa, sino como un momento que merece pensarse con alguien.
Trae las preguntas que no te atreves a hacer en otro sitio; aquí caben.
Llevabas años esperándola y ahora no sabes qué hacer con los días. O te la impusieron antes de tiempo y te sientes descartado. Las mañanas se hacen largas, la pareja se queja de que estás siempre en casa, los amigos siguen trabajando y la pregunta aparece cada vez más a menudo: ¿y ahora quién soy? Muchas personas descubren en este momento que el trabajo sostenía más de lo que pensaban: la rutina, el sentirse útil, el lugar en el mundo.
Merece la pena consultar cuando la apatía se instala, cuando notas que bebes o discutes más, o cuando llevas meses sin encontrar nada que te importe de verdad.
Trabajamos con lo que se ha perdido y con lo que hay de nuevo. Miramos qué significaba el trabajo en tu historia, qué parte de tu identidad se apoyaba en él y qué queda cuando se retira. Y también lo que ocurre en casa, porque la jubilación cambia a la pareja tanto como a quien se jubila. Si lo que notas se parece más a una tristeza que no se va, mira también depresión.
Ven con la agenda vacía; la primera sesión ya la llena un poco.
Has hecho todo lo que había que hacer: papeles, trabajo, piso, y aun así hay algo que no encaja. Te ríes con retraso de los chistes, echas de menos cosas que ni te gustaban, hablas con tu familia y cuelgas peor. Hay días de sentir que no eres de aquí ni ya de allí. Y si además sostienes a los que se quedaron, no te permites quejarte porque "tú elegiste venir".
Consulta cuando la nostalgia se ha vuelto tristeza, cuando te aíslas o cuando notas que aquí has perdido cosas que no sabes nombrar: el idioma en el que sientes, la red, el lugar en la familia.
Trabajamos con lo que se dejó y con lo que se está construyendo. Con la historia que traes, con la forma de vincularte que aprendiste en tu casa y que aquí se lee distinto, con lo que remueve empezar de cero. Si te mueves entre países o prefieres seguir con la misma persona estés donde estés, puedes hacerlo online con tu misma terapeuta. Si lo que pesa es sobre todo la pérdida, tienes también la página de duelo migratorio.
Cuéntanos de dónde vienes y qué se quedó allí; ahí suele estar la mitad de la historia.
Un diagnóstico que no se va: diabetes, una enfermedad autoinmune, un dolor que se ha quedado, un corazón que hay que vigilar. Al principio lo gestionas con eficacia, citas, medicación, cambios de hábitos. Con el tiempo aparece lo otro: el cansancio de no poder relajarse nunca, la rabia de que el cuerpo mande, el miedo a ser una carga y la sensación de que ya nadie pregunta cómo estás porque "ya te has acostumbrado".
Las personas que consultan por esto suelen ser las que nunca piden ayuda. Llegan cuando la tristeza se ha instalado, cuando han dejado de hacer cosas que sí podían hacer o cuando la relación con la pareja o los hijos se ha convertido en una relación de cuidado.
No entramos en lo médico; eso es de tu equipo. Trabajamos con lo que la enfermedad ha cambiado en la idea que tenías de tu vida, en tu identidad y en tus vínculos, y con la parte de la enfermedad que se vive a solas. También con lo que remueve de tu historia el hecho de depender de otros, que para muchas personas es lo más difícil de todo.
Pedir ayuda por esto no es rendirse; es la primera cita que es para ti.
Cuidas a tu madre, a tu pareja, a un hijo con una enfermedad o una discapacidad. Llevas meses o años sin un día entero para ti. Duermes con un oído puesto, has ido dejando amistades, trabajo, planes, y cuando alguien te pregunta cómo estás contestas por la otra persona. Aparecen la irritabilidad, el llanto fácil, la culpa por desear que se acabe y el horror de haberlo pensado.
Quien cuida es, casi siempre, quien nunca pide. Consulta cuando notas que ya no te reconoces, cuando tratas mal a quien cuidas y te odias por ello, o cuando el cuerpo ha empezado a pasar factura. No hace falta haber llegado al límite para tener derecho a un espacio que sea tuyo.
En terapia trabajamos con lo que el cuidado te está quitando y con lo que te ata a él: la lealtad, la historia con esa persona, la idea de que nadie más lo haría bien. Y con la relación con el resto de la familia, donde muchas veces está el reparto que nunca se hizo. Si te sirve, las sesiones pueden ser por videollamada para no depender de que alguien te sustituya.
Reserva un hueco para ti, aunque sea el primero en años.
Somos psicólogas y psicólogos colegiados (COP Madrid) y centro sanitario autorizado por la Comunidad de Madrid.
Si no sabes en cuál de estos motivos encajas, da igual: cuéntanos qué está pasando. Puedes reservar online en un minuto o escribirnos por WhatsApp y te contamos cómo empezar. Si prefieres una llamada previa para resolver dudas, dínoslo en el mensaje.
El primer paso suele ser el más difícil. Escríbenos por el medio que prefieras: te respondemos en horario de consulta o, como muy tarde, al día siguiente.